Cada vez la prevalencia de casos de TDHA (trastorno por déficit de atención y/o hiperactividad) es mayor. A priori podríamos pensar que es una consecuencia directa de la sociedad tecnológica en la que vivimos que apuesta por el materialismo y el consumismo, por una educación caracterizada por la ausencia de normas, aquella en la que “todo es válido”, y en donde prima la cultura del mínimo esfuerzo y la rápida recompensa. Hay, a su vez, una preponderancia de los modelos que favorecen el refuerzo externo inmediato como son los videojuegos, la televisión o internet, lo que todo ello hace a su vez que haya una menor tolerancia a las frustraciones vitales, síntomas típicos de la enfermedad que nos ocupa.

Así, parece factible que el tipo de sociedad actual pueda estar contribuyendo a generar un mayor disfuncionalidad del TDAH, pues son pocas las oportunidades que favorecen y entrenan la atención sostenida, la cultura del esfuerzo, la demora de recompensa, el empleo de estrategias reflexivas y el desarrollo de un autocontrol mental eficaz.
De hecho, el establecimiento de límites y modelos de conducta organizada suponen un importante esfuerzo educativo y requiere inversión de tiempo por parte de los padres, elemento que cada vez es más escaso en los países industrializados y que se encuentra además influenciado por el cambio de modelos de familia (familias uniparentales, padres divorciados, etc.).

A todo ello, tenemos que sumar el hecho que la gente está mejor informada debido al uso masivo que se hace de internet, a la vez que hay un mejor conocimiento del trastorno por parte de los profesionales que lo atienden (médicos, profesores y psicopedagogos), lo que permite que dicho trastorno se reconozca y se detecte de forma mucho más precoz, con lo que niños que tenían asegurado el fracaso escolar pueden ver superados sus estudios y situaciones académicas con éxito.
Ahora bien, como contrapartida y por desgracia muchos son los niños “etiquetados” como pacientes con TDAH sin tener trastorno alguno, sólo por el simple hecho de presentar algún problema de conducta tal como impulsividad y/o actividad motora excesiva. Pero me pregunto: ¿hasta qué punto no es normal, considerando evidentemente cada una de las etapas evolutivas del niño, que sea vital y se mueva pues por eso es un niño?

Desde casa, padres angustiados por tener un niño al que no saben manejar, e incluso desde la propia escuela, los profesores se ven sobrepasados por las exigencias de la situación cuando ven como algún alumno les distorsiona la clase y/o por falta de tener las herramientas psicopedagógicas idóneas, al mínimo problema comportamental buscan una solución inmediata desde fuera reclamando la ayuda de un profesional, lo que ya por sí solo predispone a un mayor número de consultas por TDAH.

En mi opinión hay una cierta tendencia a confundir síntomas con trastorno, tendiéndose a hacer diagnósticos demasiado rápidos, ya que muchos niños presentan algunos de los comportamientos relacionados con el TDAH (déficit de atención, hiperactividad y/o impulsividad) pero no todos ellos presentan una disfunción significativa y por tanto no deben ser etiquetados como tales
Además, la frontera entre los sanos y los enfermos que precisan tratamiento se establece en función de los valores culturales, y el mismo comportamiento puede ser interpretado de diferente forma dependiendo de la persona que diagnostique.

Así mismo, las llamadas campañas de sensibilización sobre enfermedades están a menudo financiadas por los departamentos de marketing de las grandes farmacéuticas más que por organizaciones con un interés primordial en salud pública, y que estas campañas de promoción pretenden influir sobre los médicos, educadores y padres, presionando a su vez por el uso de determinados fármacos y generando patologías donde antes existía normalidad.
Por todo ello, y a pesar que nuestros niños estén sobreestimulados, pienso que se está dando un sobrediagnóstico del trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad (TDAH) por diagnóstico impreciso, por la ausencia de pruebas diagnósticas objetivas y porque como ya hemos visto muchas veces son los padres y los profesores los que fuerzan al facultativo al establecimiento del diagnóstico.