¿De qué depende que una terapia funcione?

Se puede ser el mejor psicólogo/-a del mundo, estar muy bien formado a nivel de conocimientos teóricos; pero si no se es capaz de hacer que nuestro usuario capte el que lo estamos entendiendo, y vea que sabemos ponernos en su lugar, no conseguiremos ni su adherencia terapéutica, ni lo motivaremos para que sea él el que trabaje para el cambio, con lo que nuestra terapia resultará infructuosa. Y ni decir tiene ya de si se trata de un adolescente obligado a ir a consulta por sus padres,…

Serán las actitudes que el usuario infiera que tenemos y que le mostramos por las que se nos valorará y hará que se abra y confié más o menos en nosotros. De ahí la importancia de empatizar con la persona, con sus necesidades y deseos; siendo asertivos y teniendo en cuenta en todo momento sus sentimientos, afectos, preocupaciones, temores y expectativas;  pero permitiendo, así mismo, el desarrollo de su individualidad y su autonomía, sin  caer ni en paternalismos ni autoritarismos. De esta forma, con el fuerte vínculo terapéutico que estableceremos, le podremos acompañar en la búsqueda de sus recursos y potencialidades para que sea lo más funcional y adaptativo posible afrontando sus problemas.

Es de tal importancia este vínculo empático para que la relación terapéutica sea óptima que no debe desarrollarse sólo dependiendo de las capacidades naturales de cada profesional ni de las características del  que consulta, sino que debe considerarse  como una herramienta de trabajo con finalidad terapéutica y por lo tanto debería ser aprendida y desarrollada por todos los profesionales.

En este sentido, para establecer una relación terapéutica eficaz, la principal herramienta de la que dispone el psicólogo es la comunicación, la cual nos permitirá hacer un abordaje terapéutico holístico de la persona , de forma que podremos manejar tanto emociones, como potenciar su autoestima, o como transmitir autoeficacia, … ; y evidentemente esto sólo lo conseguiremos desde una base de confianza que nos dé credibilidad delante del usuario, de forma que éste se sienta seguro y capaz de realizar cambios en su vida, ya que eso es lo que ve que le transmitimos.

Por otro lado, no debemos olvidar que para que la comunicación sea efectiva, deberemos usar un lenguaje claro y sencillo, utilizando el feedback, parafraseo… Pensemos que la habilidad en comunicación tampoco no es un don innato sino que es el resultado de un proceso de aprendizaje continuo, que es necesario que todo profesional trabaje.

Todo ello cobra aún una mayor importancia, cuando se trata de personas con discapacidades funcionales, gente mayor,…  pues por un lado muchas veces no se pueden comunicar (sólo podemos inferir a través de nuestra subjetividad lo que sienten), y por el otro es muy difícil cambiar todas aquellas actitudes que podrían estar relacionadas con la llamada psicología social maligna, en la que se tiende a etiquetar, infantilizar o tratar de forma paternalista y/o autoritaria (ejemplo, le damos instrucciones para hacer una ficha de forma muy rápida a una persona mayor y le cuesta entendernos, con lo que perdemos la paciencia y le vamos diciendo que lo haga ya). Por tanto, no es siempre fácil ponerse en el  lugar del otro, por mucha empatía que sepamos que tengamos que tener, por lo cual una cosa que tampoco deberemos olvidar es que siempre deberemos respetar y adaptarnos a los ritmos  y tiempos de cada persona.

Así es que, en todo momento y con el fin de facilitar la comunicación,  tendríamos que tener en cuenta la perspectiva de la persona afectada, sus preferencias y deseos, que soporte social tiene (pues será necesario que trabajemos conjuntamente en según qué casos con la familia, por ejemplo en casos de un discapacitado o un paciente oncológico); en definitiva valorarla para hacer programas personalizados que aumente su calidad de vida, por mínimo que este incremento pueda ser. Así mismo, toda palabra, mirada y pensamiento que tiene el profesional hacia el paciente debería tener el fin de establecer también una comunicación terapéutica, que nos permitiera conocer sus pródromos la cual cosa podría avisarnos de un posible brote o recaída (muy importante por ejemplo en discapacitados con trastorno de conducta),  lo que ayudaría a que pudiéramos tomar medidas y redundaría en su calidad de vida, ya que cada brote puede suponer un paso atrás para el usuario.

En definitiva pues, es muy importante trabajar mucho la relación terapéutica y la empatía, reconociendo y dando respuesta a la emociones del cliente, así como adaptándonos o gestionando bien los silencios. El paciente necesita saber y sentir que entendemos su dolor su pena ansiedad o cualquiera que sea lo que le ha llevado a consulta. Para ello también  será necesario que validemos mucho tanto sus emociones como sus preocupaciones; no lo debemos cuestionar, tenemos que dejar que la emoción emerja, reforzando y facilitando que el paciente hable de su malestar. Nosotros a través de la escucha activa, y utilizando por ejemplo la paráfrasis, le trasmitiremos que le entendemos y nos ponemos en su lugar.